Escribir en una hoja en blanco da un poquito de miedo. Pero ahí va. (Aunque no esté demasiado bien escrito.)
He tenido un cáncer, en principio ya superado.
El día 2 de octubre del 2009 mi vida cambió. Me hicieron un TAC y el resultado fue un tumor cerebral. Después de ingresar en urgencias vino Francesco (un italiano guapísimo), el neurocirujano. Se sentó y me dijo que tenía una lesión en el cerebro. A pesar de imaginar lo que era, fui muy preguntona y le dije -¿Una lesión? ¿Y eso qué es?
Para mí una lesión es un brazo roto. Contestó que la lesión era un tumor cerebral.
Lo primero que pensé fue en mis hijos, que podían quedarse sin madre, sólo durante un momento, pensé en Rafa, que estaría muy perdido sin mí, y en el arroz con bogavantes que todavía no había provado.
En morirme pensé sólo un segundo, y pensé: -El bicho este no podrá conmigo, en breve todo volverá a ser normal.
Mi madre, sentada a mi lado, se iba a morir. Así que saqué fuerzas de donde no tenía y le dije que sería yo quien enterraría a la otra, no al revés. La mandé para casa, a hacerle la comida a los niños, y a que avisara a Eva, mi hija pequeña, para que viniera.
Cuando marchó me hundí un poco, sólo un poco, y lloré con el doctor.
Después de llorar, empecé a organizar lo que necesitaba, así que en una hoja de la agenda apunté todo lo que Eva me tendría que traer. Llegó al cabo de un rato, con su amiga Anna. Lloramos las tres, abrazadas. Lo justo, pero con intensidad. Al rato apareció Marina, alguien que ha sido muy importante en este proceso, Gracias Marina.
Mi hijo mayor, Marc, estaba un poco fuera de juego, no acababa de creerse lo que pasaba y al poco de marchar él, llegó Rafa.
Rafa, mi compañero, mi marido, mi vida.
No sé qué hubiera hecho de no tenerlo cerca. Todo hubiera sido muy difícil. Gracias por estar siempre a mi lado, por cuidarme, por quererme tanto.
Más tarde y poco a poco, se enteraron papá, los amigos, el resto de la familia y mis compañeros de trabajo.
Era viernes, así que tenía el fin de semana por delante. La operación estaba programada para el lunes 6 de octubre, el lunes siguiente. El viernes, más tarde, llegó el neurocirujano que me operaría, el doctor Cabiol.
Entro en la habitación, algo despistado, porqué al entrar en la habitación sólo vió a alguien de pie, con un pantalón rojo y recién maquillada. Lo primero que dijo fue: -No sé que hay allí dentro, pero con tu actitud, tienes el 70% de la enfermedad curada.
Le cogí las manos y le susurré: -Ahora estoy en tus manos, nunca mejor dicho. (Es un hombre encantador)
El fin de semana fue agotador, mucha gente que es lo que quería, y pocas lágrimas, porqué si no lloraba yo, no lloraba ni Dios.