El día 23 de junio, empezaron las sesiones de radioterapia, no eran dolorosas, pero en mi casi había muchos efectos secundarios. Vómitos, sequedad de boca, dolor de oídos, cansancio físico y un malestar general que no deseo a nadie.
El hospital de la terapia es frío a pesar de ser verano, hacía una temperatura muy baja, supongo que la maquinaria así lo requiere.
Allí conocí a una señora con el mismo diagnóstico que el mio, y como es normal, hablamos mucho.
Después de cada sesión había tres o cuatro vómitos y lo único que quería era llegar a casa y tumbarme. Perdí el apetito y todo me caía mal. Las tónicas se hicieron mis compañeras indispensables; el agua me provocaba vómitos.
Cada día, hasta el 23 de agosto, cogía una ambulancia. Por cierto, gracias a todos los que en su día me llevaron al hospital; había algunos súper amables.
Lo peor de la radio es que no tenías recuperación. Te radiaban durante cinco días y el fin de semana, cuando estabas peor. Aúno hoy en día sigo teniendo efectos secundarios, pero ya empiezo a recuperarme.
Esa lucha es muy dura, en mi caso, primero te abren, después te envenenan y te abren de nuevo y luego me fríen. Todo esto para ganar algo, y es que nos aferramos a la vida con uñas y dientes, y yo siempre he dicho que la vida son las vacaciones de la eternidad y quiero llevarme todas las fotos que pueda de estas vacaciones.
Deseo las fotos de mis hijos acabando sus estudios y siendo felices con quien ellos quieran. Deseo una foto de Rafa escalando una vía de 8-A, o haciendo una carrera con Maribel (sin que tengan ningún tropiezo. Deseo ver a mi madre bailando su mejor tango. Tengo tantas fotos que hacer, que deseo unas largas vacaciones.
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